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martes, 2 de agosto de 2011

Noche estrellada

Hacía frío y ambos necesitábamos calor.

Es una de esas noches en las que el cielo está inundado de estrellas. El único sonido que se oye, a esas altas horas de la noche, es el silbar del viento. La azotea está cubierta de flores y plantas, entre medio, de toda esa naturaleza, hay un viejo colchón tirado en el suelo. Y sobre este hay un par de figuras.

Una es un chico, moreno y de pelo rizado, con los ojos oscuros. Y sobre su pecho hay una chica, rubio, de ojos claros, con un cuerpo delgado y bien definido. Ambos están desnudos y apenas tapados por un edredón. Él tiene su brazo izquierdo abrazándola a ella por debajo, mientras la chica apoya su cabeza en el pecho del chico y le echa un brazo y una pierna por encima.

Los jóvenes se miran y sonríen, pero ninguno dice nada. La noche es fría, pero el calor de sus cuerpos desnudos les mantiene a una temperatura más que ideal. Se abrazan con fuerza, él hunde los dedos entre, los pelos de ella. Por otra parte, ella clava sus yemas en su espalda y las desliza hacia abajo. La luna está llena y les permite verse el uno al otro.

El chico se da la vuelta y se coloca sobre ella, quien lo mira sorprendida, divertida y tal vez una pizca tímida. El la besa suavemente, notando el calor y la suavidad de sus labios, luego, su lengua ágil y húmeda. Entonces, él acaricia con las yemas de sus dedos los hombros de ella, que se estremece. Sus dedos siguen bajando y encuentran la curva de sus pechos. Su mano acaricia uno de ellos con delicadeza.

Él besa el cuello de la chica y con la lengua hace surcos que, zigzagueando, bajan hacia sus clavículas. El calor que sus cuerpos irradian es algo sobrenatural. Ella se agarra a la espalda del chico y deja caer la cabeza hacia atrás. El chico continua besándola cada vez más abajo, ahora sus labios se dedican a jugar con una de los pezones de la chica, mientras su mano juega con el otro pecho.

La respiración de la joven comienza a notarse. El chico, viendo que sus juegos surten efecto, decide continuar. Así que su mano deja el pecho y comienza a bajar, parándose por su cuerpo cada vez que lo ve necesario y rodeando varias veces su precioso ombligo, hasta que llega a sus muslos, los cuales agarra con ferocidad.

La mano de el chico agarra con fuerza uno de sus muslos, para luego soltarlos y deslizarse hacia arriba. Nota el calor que ella desprende. Y sin pensárselo dos veces su mano se desliza y entra uno de sus dedos que una vez dentro comienza a moverse con un ritmo que cada vez es más rápido y fuerte.

La chica clava sus uñas en la espalda de él y ahoga un gemido de placer. Su cuerpo comienza a moverse al ritmo que marca la mano del chico. Y poco a poco, ya no puede ocultar más su placer y comienza a gemir. Un agradable cosquilleo le recorre todo el cuerpo y un extraño calor se apodera de ella.

Entonces el chico para, se tumba y ella sin necesidad d3e palabras se coloca sobre él. Ahora es diferente, el placer es mayor, pero eso es lo de menos, pues justo en ese momento, al mirarse en los ojos, ambos ven algo, tal vez un atisbo de la enorme confianza que se procesan, quizás la compenetración que hay entre ello o tal vez sea eso que llaman amor. Lo que importa al fin y al cabo, es que ahora todo es mucho más intenso e íntimo.

A la par, ambos comienzan a moverse. El calor ha traído consigo sudor. Ambos están empapados, las gotas de sudor se deslizan por los pechos de ella, tiemblan un segundo y luego caen sobre el chico, quien apenas puede respirar con normalidad.

Pasan los minutos y cada vez hace más calor, los movimientos son más rápidos y fuertes. Ella ya no controla sus gemidos, él no deja de resoplar. Entonces un fuerte cosquilleo sube por las piernas de la chica, le invade un calor extraordinario, todo su cuerpo se tensa y tras unos segundos se relaja y la chica suspira de puro placer.

Y es en ese momento, cuando el chico aprieta los dedos de los pies, nota como se estiran sus piernas, agarra con fuerza a la chica y la lleva hacia sí para besarla. Entonces todo se para. Ninguno de los dos ha dejado de mirarse en ningún momento.

Se abrazan bajo el estrellado cielo nocturno y al oído el chico le susurra: “Te quiero”.

martes, 26 de julio de 2011

Desde la orilla.

Llegó el día en que aquel joven fue a la playa.



Una vez allí, sin mediar palabra, se desnudó y se sentó junto a la orilla, sobre la cálida arena. Pasó toda la tarde observando ese mar, hasta entonces desconocido para el, sin prestar atención a los indignados murmullos de quienes por allí pasaban.



Vino la noche y con ella un viento frío. El chico que aun no sabía que era exactamente lo que buscaba, continuó sentado, observando las oscuras y misteriosas aguas. Sin percatarse de que la temperatura había bajado tanto, que su cuerpo tiritaba de frío, Esa noche olvidó dormir.



Al día siguiente, seguía allí, sin haberse movido ni una pizca, en una postura muy parecida, si no la misma, a la del día anterior. Era un chico testarudo y se entretenía con facilidad. Veía pájaros sobrevolando el mar, olía el viento que llegaba atestado de nuevas y curiosas fragancias, escuchaba el sonido de las olas.



Encontró multitud de curiosidades a su alrededor, tales como rayos de sol que flotaban en el agua, diminutas motas de arena que escapaban entre sus enormes dedos o alguna nube perdida en el enorme cielo azul.



Y a pesar de todo aquello que descubría, estaba triste porque aun no entendía que es lo que le motivaba a estar allí simplemente observando.



Así, sentado pasó día tras día sobre la arena, sin hacer nada, excepto oír, oler y observar todo lo que tenía delante. El pelo le caía, por la frente, sucio y descuidado. La barba le crecía sin control.



Una tarde, algo sobresaltó al joven, que de inmediato se puso de pie y corrió hacia el agua. Cuando sintió el frío líquido en sus pies, dio un salto y se lanzó hacia el agua.



Comenzó a dar brazadas fuertes y continuas. Sus piernas se movían con rapidez y determinación. A cada movimiento de su brazo derecho le seguía uno de cabeza en el que cogía aire que luego expulsaba dentro del agua.



El chico estaba en buena forma, pero tras cuarenta minutos nadando, le dolían los brazos y le pesaban las piernas. Notaba una pequeña molestia en el pecho y le faltaba el aire. No obstante, continuó nadando.



Ya era noche cerrada y hacía tiempo que la orilla no se veía, cuando el joven sintió la necesidad de parar. Y así lo hizo.



Entonces miró hacia abajo y a través de las cristalinas agua azules, pudo ver el suelo verde por la algas y como entre ellas había quedado atrapado bonito rayo de luna amarillo.



Entonces lo comprendió. Sonrió. Y se ahogó en su mirada para no volver jamás.

miércoles, 13 de abril de 2011

Tarde De Marzo


Es una soleada tarde de Marzo. En uno de esos mágicos rincones que oculta el parque de “María Luisa”, hay una pareja de jóvenes mirándose, riendo y hablando a una distancia cada vez menos prudente.

Él es moreno, con el pelo alborotado, los ojos castaños y una barba descuidada. Varios aros metálicos decoran su rostro. Lleva unos destrozados pantalones cortos y una camisa arrugada. Simplemente un chico metálicos más.

Ella, sin embargo, es preciosa y su presencia se hace notar. Tiene una melena larga y rubia que resbala por sus hombros y se desliza por su espalda. Su nariz es pequeña y se arruga de una manera encantadora cuando sonríe.

Y al sonreír, entre sus finos y pálidos labios se pueden ver unos dientes preciosos, perfectamente alineados. Esa boca frágil y con un puntito infantil es irresistible.

Pero si hay algo en ese rostro que merezca una atención más especial son sus ojos. Unos ojos profundos, pero llenos de una vida capaz de desbordar a cualquiera. Son de un color azul intenso, pero a medida que se acerca a la pupila, se van aclarando, hasta acabar en un verde amarillento en su centro.

Son preciosos.

Ella es perfecta. O al menos eso es lo que piensa el chico, que la mira embobado intentando ocultar su fascinación tras frases ingeniosas y tonterías. Ella ríe tímidamente y se sonroja. Él, cada vez más cerca seguro de si mismo, no puede evitar notar un cosquilleo extraño en el estómago.

La luz es cada vez más tenue y a medida que el sol se va alejando, los chicos se van acercando. Sus cuerpos están cada vez mas juntos atraídos por alguna extraña fuerza. Los dos lo perciben, pero ninguno dice nada, por miedo a perder esa intimidad que han logrado.

Están tan cerca el uno del otro, que el chico sin querer, en un movimiento rosa la mano de ella. El tacto frío y suave de sus manos es tentación suficiente para mirarla a los ojos y decir:

-Tienes las manos heladas. Déjame que te ayude.

Y olvidando el miedo que de pronto le atenazaba, extiende sus grandes y curtidas manos, para con ellas arropar las pequeñas manitas de la chica.

Ella, que con el solo roce de su mano ya se había ruborizado, ahora tenía la cara ardiendo y el corazón descontrolado. Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

El joven clava sus ojos directamente en los de la chica. Tienen algo mágico. Aunque al principio no se da cuenta, va perdiéndose en ellos poco a poco. Todo se distorsiona, los espacios entre ellos desaparecen y allí solo están él y ella.

Una extraña e invisible conexión va tirando de los chicos. Cada vez están más pegados, la distancia ahora apenas es perceptible. Sus respiraciones se entremezcla y confunden.

Moviendo las cabezas lentamente se observan y crean un lenguaje único e incomprensible. El brillo de los ojos, las arruguitas de la nariz al reír, los labios tensándose,…

Es entonces, cuando el chico cierra los ojos y se deja llevar. Sin soltar sus manos, se acerca a ella y naufragando en un mar de sentimientos, la besa.

Al unirse sus labios, su corazón late descontrolado, para luego parar en seco. Una ráfaga de aire recorre sus cuerpos por completo.

Entonces ella lo abraza y él se desvanece entre sus brazos…

miércoles, 16 de marzo de 2011

Lucha de colosos.




Me arrimo al borde de la playa y quieto observo la batalla entre el embravecido mar y el tormentoso cielo. Ambos inmensos, ambos poderosos. Parecen estar tan cerca de mí que casi puedo alcanzarlos, pero son demasiado grandes y apenas alcanzo a ver como se pierden en la lejanía.

Las olas rugen estruendosamente y golpean la orilla con gran fuerza, rompiendo sus armonía y salpicándome de pequeñas gotas de esa agua salada. A ratos la marea parece tranquilizarse, pero esos momentos son breves lapsus dentro de la monotonía de esas peligrosas aguas que en más de una ocasión a punto estuvieron de acabar conmigo.

Ahora todo eso parece no importar. Miro el mar y una parte de mi echa en falta perderse entre sus peligros, pero por otra parte solo deseo cerrar los ojos y olvidar todo lo referente a él.

Es entonces cuando alzo la vista y veo esas gigantescas nubes grises. Tan esponjosas e imperturbables. Al verlas mi corazón intenta empequeñecer, acongojado por tanta belleza.

Mis piernas casi no pueden sostenerse. La cabeza me da vueltas. Y de pronto me encuentro profundamente confuso. Sin poder apartar la vista de ese cielo gris e indomable.

Bajo la mirada y veo el mar, esas aguas que navegué a contra corriente sin temor a lo desconocido, donde me hundí para luego salir a flote de una u otra manera. Donde casi desaparezco consumido por su inmensidad y las ansias de recorrerlo entero.

Sin poder evitarlo vuelvo a mirar hacia arriba y me quedo embobado con toda esa belleza desconocida para mi hasta hoy. No puedo evitar pasar horas pensando en ese cielo que no está al alcance de mis manos. Y eso me duele.

Estoy confuso. Mi mente es un caos de recuerdos y sueños que luchan, entre si, por un hueco en mi corazón.

No puedo evitar apartar la mirada de las alturas y es así como observo el lento proceso en que las nubes van desapareciendo para dejar a la vista un cielo aun más hermoso. Lleno de color y vida, pero igual de inalcanzable.

Extiendo los brazos hacia arriba e intento alcanzarlo. Desearía poder cerrar los ojos y desaparecer. Convertirme en una brizna de aire que se eleve hacia el cielo y allí se disipe para no volver…

Entonces cierro los ojos.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Ella


Era uno de esos tristes días de otoño. Arriba, el cielo estaba cubierto por una manta de nubes grises que ocultaban todo rastro de sol. Más abajo, las hojas de los árboles se tambaleaban en sus ramas para luego caer perezosamente hacia el frío asfalto.

Yo caminaba completamente ensimismado en mis pensamiento y un poco cabizbajo. No paraba de darle vueltas a la cabeza y no tenía ganas de nada ni nadie. Ya no encontraba motivación alguna para nada y eso me hacía sentirme un fracasado. Pero lo peor de todo era el vacío que notaba en el pecho.

Con la mirada clavada en el suelo seguí mi camino. Paso tras paso avanzaba sin rumbo alguno. Llevaba el rostro oculto tras la capucha de la sudadera. Colgando de mis orejas, llevaba los auriculares por los que escuchaba música.

Entonces, al pasar por una pequeña plazoleta, una ráfaga de viento sopló más fuerte de lo habitual y me hizo levantar la mirada.

Entonces, allí, frente a mí, la vi. Era una chica bellísima, con un pelo claro que parecía seguir el ritmo de cada uno de sus movimientos. Sus ojos eran verdes y su mirada me traspasaba. Aquella pequeña boca ocultaba una sonrisa que fue capaz de sacarme unos sentimientos desconocidos para mí y hacerme sonreír.

Su belleza era inocente. No pretendía aparentar e incluso parecía no ser consciente del efecto que ejercía al menos sobre mí.

Tanto es así, que allí en medio me quedé paralizado al verla. No podía moverme y aunque sabía que ella se percato de que la miraba, no pude apartar mis ojos de ella. Sus ojos me tenían hipnotizado.

Un intenso calor me subió por todo el cuerpo y llegó a la punta de mis orejas que pronto enrojecieron. Un cosquilleo muy agradable invadió mi estómago.

Ella, aunque se había percatado de mi presencia , continuó su camino y pasó a pocos centímetros de mí, sonriéndome.

Me quedé sin respiración e incluso se me nublo la vista un instante. El corazón se me aceleró y el tiempo pareció pararse. Su fragancia me inundó. Era dulce y tenía algo exótico e incluso mágico.

Entonces desapareció por mi espalda, dejando tras de si ese olor, que sin saberlo, se convertiría desde ese día en mi obsesión y única droga.

En un instante de segundo… me había enamorado.

martes, 28 de diciembre de 2010

Lágrima.


Comencé la noche con una copa de whisky. Cargada hasta los topes y acompañada tan solo por un par de hielos.

El ambiente de aquel tugurio estaba cargado de secretos ocultos en susurros apagados, de fantasías disueltas tras el humo de un cigarrillo y recuerdos olvidados en el fondo de una botella vacía.

Yo no era más que una sombra sin motivación alguna, a excepción de encontrar la desmotivación que me acongojaba.

-Llénamelo- dije al barman, mientras señalaba mi vaso ahora vacío.

A cada buche que daba el alcohol que ingería me sabía cada vez menos. Las pocas y tenues luces del local se disipaban en mis ojos. Las voces se convertían en zumbidos incoherentes.

De un trago terminé medio vaso y volví a indicarle a aquel viejo que me lo llenara. Esta vez sin hielo. Él, sumiso, volcó la botella hasta que el Whisky estuvo a punto de rebosar en el vaso. Ni siquiera me miró para comprobar mi estado.

Quizá os preguntéis ¿Por qué bebía?

Hoy día, me cuesta recordar aquellos oscuros años, deambulando de bar en bar. Solo puedo decir con seguridad, que el único alivio que obtenía del alcohol, y aun hoy día es así, era el poder…

Poder llorar.

Tan solo con la bebida me sentía humano. Y creo que algo aquella noche me hizo pensar que necesitaba desahogarme. Derramar alguna lágrima. Es más, estoy seguro de que yo pensaba que era mi obligación. Pero no lo recuerdo.

Así fue como llegué a aquel supuesto bar. Para acabar borracho, en el baño del mismo. Mirando mis desgastadas manos y respirando con dificultad.

No podría deciros con exactitud lo que en aquel momento sentía, es más, no podría ni acercarme, pero diré que los latidos de mi corazón resonaban en mi cabeza. Como el tic tac de un reloj que sentenciaba mi final.

Los segundos parecían minutos. A ratos todo iba rápido, a ratos todo parecía ir demasiado lento. El corazón resonaba fuertemente y una angustia inexorable se adueñó de todo mi cuerpo.

Todo está muy confuso en mi cabeza. Recuerdo al barman registrar mi cartera y vaciarla antes de dejarme tirado en mitad de la calle… No recuerdo ver a nadie llamando a la ambulancia, pero si recuerdo las luces de esta y los sonidos y voces que la rodeaban. Murmullos de curiosos, voces autoritarias, pero relajadas…

Después me dormí.

Por suerte a la mañana siguiente me desperté. No abrí los ojos, pero era consciente de la luz que inundaba el lugar. Allí apestaba a médico.

El dolor de cabeza y la fatiga eran una señal inequívoca de que seguía vivo. No se si eso me agradaba mucho.

En mi interior me lamenté, pues no recordaba haber derramado ni una sola y redentora lágrima.

Fue entonces cuando noté algo húmedo en mi mejilla. Me llevé un dedo y lo toqué. Luego me llevé el dedo a mi vieja y destrozada lengua, para comprobar que tenía un sabor salado.

No me cabía duda. De nuevo había logrado derramar, al menos una lágrima.

Pero al abrir los ojos mi felicidad se disipo. Sus ojos estaban rojos y el rostro surcado de lágrimas. Mi madre lloraba sobre mí.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Letter To God

Ayer…

Ayer noche clavé mis rodillas en el suelo de aquella habitación blanca y uní las manos como me había enseñado mi madre. Cerré los ojos fuertemente y pregunté con desesperación.

-¿Porqué?

Esperé y esperé. Pero no obtuve respuesta. Así que con la cabezonería de la que llevaba años haciendo gala, pregunté de nuevo:

-¿Porqué?

De nuevo, en la habitación sobrevino un silencio horroroso, roto tan solo por un “bip bip” continuo e inmutable.

Nada.

No había respuesta, así que me di por vencido, me levanté del suelo, para acto seguido sentarme e n aquella fría y solitaria silla.

Empecé a temblar. La mandíbula y los puños se me cerraron con violencia. Una única lágrima se escapó de uno de mis ojos y fue a parar al suelo, donde desapareció.

Me levanté y busqué algo que pudiera destrozar, pero en esa puta habitación solo había una silla y aquella jodida cama.

¡Joder!

Entonces algo llamó mi atención. Era una de mis libretas, que sobresalía de mi macuto, que estaba tirado en aquel suelo brillante.

Lo cogí y arranqué una de sus hojas. Saqué un bolígrafo e hincándolo con fuerza tracé la palabra que por dentro me estaba corroyendo. Luego arrugué la hoja y la lancé por la única ventana de la habitación. La lancé tan fuerte como pude y tras unos metros, la perdí de vista en la oscuridad de la noche.

Tras unos minutos de ansiedad y un par de cigarrillos, volví a mi gélido asiento e intenté dormir. El cansancio se apoderó de mí y mis pesados parpados cayeron y perdí la conciencia. No soñé, tampoco descansé.

Me despertó el sonido de mi teléfono móvil. Era la hora de marcharme. Me coloqué el macuto y me acerqué a la cama. Seguía igual que ayer.

El verla allí, respirando a través de los tubos y máquinas que la rodeaban, pudo conmigo. Le apreté fuerte la mano por el miedo que sentía. Y fue entonces cuando noté algo en su mano.

Con suavidad cogí aquello que sujetaba entre sus dedos. Era un papel arrugado. Con cuidado de no romperlo lo abrí y con incredulidad descubrí en aquel viejo y desgastado papel mi letra.

Era el papel que yo había tirado la noche anterior. Reconocía mi letra torcida y poco cuidada. Pero parecía como si aquel papel hubiera pasado bastante tiempo rodando por ahí,…

Entonces un destello esperanza saltó en mi interior. Busqué en el papel algún tipo de respuesta. Busqué con desesperación, por todos lados. Pero nada. Solo había un gran “¿Porqué? Escrito y era mío. No había nada. Y de nuevo aquel sentimiento de miedo e impotencia me invadió.

Entonces el silencio se adueño del cuarto durante un segundo. Un segundo que me pareció eterno. Levanté la vista y ahí estaba mi madre, mirándome con sus ojos llenos de vida y sonriéndome con dulzura.

Luego nada.

Un pitido largo e ininterrumpido invadió la habitación.

martes, 9 de noviembre de 2010

Sombra


No recuerdo que estaba soñando, es más, creo que ni siquiera estaba dormido. No se muy bien que pasó aquella maldita noche, todo está muy confuso en mi cabeza. Solo tengo la certeza, de que fue entonces, cuando olvidé los colores y las formas, para sustituirlos por sombras y manchas…

…Me incorporé de un sobresalto, tal vez por algún trueno producido por la tormenta, que fuera de mi piso, que rugía estruendosamente. Estaba empapado en sudor y tenía frío. El corazón me palpitaba descontrolado, parecía querer salir del pecho. Y lo peor, era una sensación que me agobiaba y no obstante no era capaz de identificar.

Al levantarme de la cama y tocar el frío suelo con mis pies descalzos, las piernas comenzaron a temblarme y hubiera caído de bruces contra el suelo, si no fuera, por la pura suerte de que pude agarrarme a la mesita de noche a tiempo. Paré unos segundos para tranquilizarme e intenté reemprender mi camino.

Mientras caminaba lentamente hacia el cuarto de baño, tenía la sensación de que alguien me observaba en silencio, pero por más que me girase rápidamente o mirase de reojo, no logré ver nada, ni a nadie.

Agudicé un poco el oído y continué mi camino a ciegas. Luego, cuando estuve cerca, busqué a tientas el pomo de la puerta, lo giré con tranquilidad y entré en el cuarto de baño. Un olor a hospital reinaba allí dentro. Mi mano buscó el interruptor y con un débil “clic” se encendió la luz.

Entonces, para mi asombro, descubrí a aquel hombre observándome.

¡ERA HORRIBLE!

Sus ojos, vacíos y sin vida, me observaban meticulosamente, con una mezcla de sorpresa, odio y repugnancia. Sus labios estaban agrietados. El pelo, oscuro y despeinado, le caía por el rostro. Él,…. También sudaba.

Ambos nos miramos durante largo rato. Podía sentir todo su odio en mi interior, atravesándome y quemándome por dentro. Ninguno de los dos nos movíamos. El silencio era casi absoluto. Mi miedo era palpable, podía sentirse, casi podría verse como me rodeaba y me atenazaba. Estaba paralizado.

No se cuanto tiempo pudimos pasar así, tan solo mirándonos. En mi interior, me debatía entre amenazarlo o intentar huir, pero sabía que no obtendría respuesta, al igual que no podría escapar de él.

Mientras más nos mirábamos, más repugnante me parecía. El porque, no lo se. Tal vez por su asqueroso y deforme cuerpo, quizás por su rostro, triste y confuso. Pero lo único de lo que aun ahora estoy seguro, es que hoy lo odio aun más…

De la desesperación y el miedo, creo que saqué el coraje y las fuerzas… aunque no estoy seguro de ello. Con el poco valor que logré acumular, cerré el puño y lo golpeé.

El espejo se rompió en mil pedazos y mi reflejo se esfumó, dejando tan solo un rastro de miedo y asco. Al menos, durante unos segundos, eso creí.

Pero entonces, al mirar hacia abajo, allí estaba de nuevo observándome. Solo que ahora estaba esparcido por todos lados. Mirase donde mirase allí estaba él. Allí estaba yo.

No podía soportarlo. La desesperación, el miedo, la rabia,… todo eso y cientos de cosas más, se colaron en mi corazón. Las lágrimas se agolparon en mis ojos y luchaban por escapar de esa prisión. De pronto, me sentía mareado y repugnante.

Entonces pasó.

Agarré fuertemente un gran pedazo de espejo y mirándome por última vez, sonreí. Acto seguido, me hice un corte, desde un ojo hasta el otro.

El dolor no tardó mucho en adueñarse de todo mi cuerpo y la oscuridad me arropó casi de una manera instantánea. Y con la oscuridad vino el pánico.

Luego todo está aun más borroso y confuso. No distingo lo real de lo ficticio. Gritos, sombras, olores,… todo se mezcla y lentamente va desapareciendo.

Ahora, la noche es mi eterna compañera, no veo nada, pero al menos, tampoco veo mi sombra…

lunes, 19 de julio de 2010

Sollozos en la oscuridad


Hacía horas que había pasado la medianoche y yo continuaba despierto con la mirada clavada en el oscuro techo. El calor era sofocante y las sábanas se me pegaban al cuerpo. No podía evitar sentirme agobiado.

Las gotas de sudor resbalaban por mi frente. Cada pocos minutos me movía a un lado u otro. Me colocaba el brazo aquí o allí, pero me era imposible conciliar el sueño. Me dolía la cabeza y la simple idea de no poder dormir me estresaba, pero lo peor no era eso…

Sabía que tú no estabas ahí. Necesitaba oír tu voz susurrándome al oído, necesitaba tus brazos sobre mí, tu respiración golpeándome suavemente la oreja. No pude evitar que una lágrima se escapara de la prisión de mis ojos.

¡JODER!

El grito llenó la habitación durante un par de segundos y luego se disipó en el atrofiado aire de la habitación. Poco a poco el silencio volvió a llenarlo todo. La oscuridad era absoluta. No se oía nada excepto mi respiración.

Cerré los ojos y respiré fuerte. Entonces todo me golpeó con fuerza. El dolor, la desesperación, la ira, la rabia, la impotencia,… y grité. Grité tan fuerte que el corazón se me desgarro. Mi voz cruzó el cielo y llegó a la luna. El mundo se paró durante un segundo.

No pude evitar echarme a llorar. Me volví y con el rostro hundido en la almohada lloré y grite. Apenas podía respirar. Grité fuerte, ahogando el sonido en la almohada. Me sentía tan solo… tan impotente.

Grité hasta quedarme sin voz. Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Temblé hasta que el cuerpo me quedó agotado, entumecido y sin fuerzas.

Entonces al volverme pasó algo. Pensé que estabas allí. Juro por Dios que lo pensé. Creí verte allí de pie, mirándome. Con esos labios que tantas veces me habían cubierto con dulces besos. Con tu precioso pelo, colocado sobre tus hombros.

Pensé que estabas allí sonriéndome mientras me mirabas. Estabas mirándome. Con esos ojos tuyos. Esos ojos profundos, serenos y fuertes. Esos ojos que yo tanto adoraba. Esos ojos que me hacían perder la cabeza. Y que eran lo único capaz de sacarme de mi eterna tristeza. Esos ojos verdes…

-¡CARINA!

Me arrojé sobre ti. Me lancé a abrazarte, pero cuando mis brazos se cerraban sobre el lugar donde debería estar tu torso, ya no había nada. Al no encontrar tu apoyo caí al frío suelo y me golpeé las rodillas.

En la oscuridad me miré las manos que habían estado a punto de tocarte. Una lágrima calló sobre mi mano. Se oyó un sonido fuerte y profundo. Era el sonido de mi alma desgarrada.

Me llevé las manos a la cara y eché a llorar. Pensaba que no podría llorar más, que no me quedaban lágrimas, pero, no era así. Me encogí sobre mí, agarrándome fuerte las rodillas y lloré. Toda la noche la pasé pensado en ti.

Me temblaba todo el cuerpo. Me encontraba fatigado, débil y cansado. Mi mente era un cumulo de ideas. Un rayo de sol entró por la ventana y me golpeó la cara. Miré el cielo y estaba despejado y tranquilo.

Por un momento pensé que esa tranquilidad se me iba a pegar, fue un pensamiento agradable, pero por desgracia no fue así. Pensé que al llegar el día me sería más fácil asimilar tu ausencia. Pero no, no era así.

Me levanté, cogí unos pantalones y me los puse. Subí las escaleras y llegué a la azotea. Desde allí se veía todo el pueblo. El amanecer ya había comenzado, pero aun no había acabado. Saqué un cigarrillo y lo encendí.

El humo pasó por mi garganta y llegó a mis pulmones. Sentado en el filo del alfeizar miré hacia abajo y el vértigo me invadió. Levanté la vista y miré todo lo que se extendía delante de mí. Las pequeñas casan en ruinas, con tonos marrones y verdes. Las grandes fábricas a lo lejos. El inmenso cielo.

Siendo sincero diré que quise llorar. Quise llorar y lamentarme de mi pena, envolverme en mi tristeza y no salir nunca de ella. Creía que nada tenía sentido, que no encontraría solución a mis problemas, los cuales ni siquiera entendía.

Y no pude. Di la última calada a mi cigarrillo y lo lancé al vacío. Mientras caía me incorporé y eché un último vistazo a todo aquello. Me dirigí hacia las escaleras y mientras bajaba me metí las manos en los bolsillos. Noté algo en mi mano derecha. Era pequeño y estaba frío.

Saqué mi mano y mire lo que tenía en la palma. Era un pequeño anillo de plata. Por dentro estaban grabados nuestros nombres. Me lo habías regalado tú tiempo atrás. Entonces algo comenzó a formarse en mi interior.

Era una sensación extraña. El cumulo de ideas que embotaban mi cabeza se disiparon. Todo parecía ahora mucho más claro. El miedo desapareció. La tristeza fue desvaneciéndose poco a poco. Todo parecía ahora mucho más fácil, menos complejo.

Decidí esperar. Miré el pequeño anillo y me lo coloqué. Fue entonces cuando todo cambió realmente. Una sensación muy extraña me invadió y se adueñó de mi cuerpo. En aquel momento yo hice algo que hacía mucho tiempo que no hacía… en aquel momento yo…

Sonreí.

domingo, 20 de junio de 2010

cristales rotos



No podía evitar lo sollozos. Pensé en lo que había hecho y de donde venía y eso tan solo agravó el dolor de mi corazón.
Vi como el mundo se deterioraba poco a poco y como nada tenía sentido. Pude ver con claridad los defectos de todos los que
esa noche me habían rodeado y lo que era peor... mis propios defectos.

Levanté la cabeza y pude verme en el espejo del cuarto de baño. Lo que vi me dio asco, me repugno. Mi cara era el reflejo de
lo todo lo que yo odiaba, todo aquello que siempre odié y en lo que nunca pensé que me convertiría. Pensad. ¿Que odiáis? Ahora
pensad que os convertís en eso mismo. ¿No os pugnaríais?

Di otro trago a la botella, fue largo y doloroso, pero la botella acabó vacía. Me levanté tambaleándome y me miré en el espejo.
Me odié y odié al ser humano. Odié a la propia exsistencia y todo lo que me rodeaba. No entendía que motivaba mi vida, no
encontraba ningún estímulo para seguir adelante.

¿Que buscaba?

Aun no lo sé. De nuevo me asomé al espejo, miré mis ojos, apagados y sin vida, mis labios, desgarrados y secos. Vi mi cuerpo,
deforme y pesado. Vi mi alma, ennegrecida, pesada y destrozada. Y lo único que sentí fue asco y odio.

Así que con fuerza rompí la botella que tenía sobre la mano. Los pedazos de cristal calleron hacia el suelo. Miré lo que quedaba de
botella y tras unos segundos me la llevé al cuello.

Al principio me la pasé varias veces haciendo una linea recta, pero no me atrevía a apretar. Pasados unos minutos perdí el miedo y
el asco de mi alma creció. Apreté fuerte la botella y me rajé la garganta. No llegué a ver el corte en el espejo.

Noté un calor que cubrió mi cuerpo para poco después enfriarlo de pronto. Todo se volvió borroso y caí al suelo. Me golpeé la cabeza,
pero apenas lo noté. Estaba en el suelo.

Y así sigo. Y la verdad, no es tan bello como en las películas. No veo ninguna luz, no pasa mi vida por delante de mis ojos y nadie
viene a buscarme. Solo siento dolor y frío.

El dolor es intenso y me hace encogerme sobre mi. No puedo soportarlo. Pero lo peor es el frío. Engarrota mis músculos y apenas
me deja respirar. Poco a poco me cuesta más coger aire. La luz se va apagando alrededor. Lo último que veo no es la imagen de
un familiar o un amor, no veo ninguna escena feliz de mi vida.

Solo veo mi mano cubierta de sangre y junto a ella una botella rota. Poco a poco muero.

Y sonrío.

martes, 1 de junio de 2010

Mentiras



Todo se corroe y acaba por desaparecer. Tirado a oscuras en mi habitación con el teléfono en la mano, soy testigo como en mi interior todo muere. Lo que había dado cierto sentido a mi vida, a mi forma de ser, a mi mismo,.... eso se acaba.

Tan solo han sido necesarios unos minutos y ya no queda nada. El dolor es insoportable. En mi interior noto unos sentimientos de angustia, dolor y poco más.

Ahora, ¿Qué es lo que soy?.

No me queda nada, mis escudos se rompieron, mis ideales desaparecieron, mis guardianes se esfumaron. Ya no me queda nada que me ayude a estar en pie. Las lágrimas corren raudas por mis mejillas. A solas grito y grito. Mi garganta se desgarra.

El dolor no es físico, es mucho más profundo y doloroso. Necesito ayuda. Lo que yo era, ahora es solo el recuerdo de una bonita fantasía. Quisiera volver al sueño y no despertar nunca, pero ahora ya no es posible.

Cogeré mi botella y olvidaré mi existencia. No quiero seguir...

Adiós.

Mírame

No era necesario decir nada. El tiempo parecía ir mas lento que de costumbre. Las pequeñas brisas de aire movían su cabello que rozaba mi cara produciéndome un cosquilleo agradable y dejando una suave fragancia, apenas perceptible.

Frente a nosotros se ponía el sol, pero yo apenas me daba cuenta, ensimismado como estaba, en las emociones que en aquel momento afloraban en mi corazón.

Estaba nervioso como la primera vez que dí un beso. Mi desbocado corazón latía emocionado. Notaba esa agradable sensación en el estómago, que hacía tiempo que creí haberla perdido. En mi garganta había encadenado un grito de felicidad que deseaba salir y recorrer el universo con su mensaje. Pero me contuve.

El humo de un cigarrillo ambientaba nuestro momento. Una botella de vino vacía daba buena fe de nuestra libertad. No pude evitar sonreír. Tal vez fuese por el alcohol que embotaba mis sentido, pero prefiero pensar que fue algo totalmente espontáneo venido de lo más hondo de mi ser.

Moví un poco mi mano de manera casi imperceptible y mis dedos rozaron los suyos. A ella no pareció molestarle, más bien al contrario. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Sus fríos dedos se entrelazaron con mis cálidos y asperos dedos. Era una sensación agradable.

La miré de reojo y noté que ella me miraba a mi. El corazón me dio un vuelco. Todo parecía tan irreal... Era como un sueño.

Y entonces ocurrió. No se como, conseguí el valor para girar la cabeza y mirarla. Mis ojos se encontraron con los suyos. Unos ojos llenos de inteligencia y astucia, que brillaban con una belleza inexplicablemente misteriosa. Y fue justo esa mirada, justo ese momento, justo allí,...

Nuestras almas ahora estaban unidas...

viernes, 28 de mayo de 2010

Solo un trago más


Tambaleándome conseguí llegar a mi piso. Abrí la puerta y casi ayudado por la pared logré llegar al salón. Me tiré sobre el sofá y no pude evitar un impulso, coger la libreta y el bolígrafo. Comencé a escribirlo todo y me parecía un sueño irreal y estúpido.

El alcohol embotaba mis sentidos, era un modo de escape, pero no parecía tener el efecto que yo esperaba. Apenas pasaban unos segundo y miraba mi reloj. Cada poco tiempo observaba el móvil y esperaba impaciente una llamada tuya, un mensaje, al menos una señal,... Pero nunca aparecía.

Cada vez estaba más tenso y la música me parecía más triste. No podía soportar más aquella tortura. Mi mente pensaba en ti y tu también pensabas en ti. No podía evitar desear que fueses feliz y a la vez que me necesitases. ¿Tan malo soy?

Todo da vueltas a mi alrededor y no entiendo nada... Te necesito, pero mientras más me doy cuenta de esto, más te alejas tú de mi. El único consuelo y mi única medicina, recae en la bebida. Lo se, sólo soy un cobarde, sólo soy otro de esos débiles hombres... Y la verdad, lo acepto.

Me doy cuenta de que cada vez valgo para menos y lloro. Pero eso ahora da igual. No importa.

Con las manos húmedas de ocultar mis ojos, me despido.

Te necesito... Adiós.